Ha llegado diciembre y empieza la campaña de la Navidad y, con ella, un periodo decisivo para los autónomos del comercio. Para algunos negocios, este mes representa la posibilidad de compensar meses flojos o de recuperar algo de estabilidad de cara al mes de enero, cuando las ventas vuelven a bajar.
No obstante, esta no es la realidad del comercio minorista, que debe enfrentarse, un año más, al aumento de la presión competitiva de las grandes superficies y a una carga burocrática que no deja de crecer y a la que cada vez es más difícil hacer frente.
Según datos recientes ofrecidos por la Federación Nacional de Asociaciones de Trabajadores Autónomos (ATA), el comercio minorista perdió 2.222 autónomos este pasado mes de noviembre, lo que equivale a unos 74 cierres diarios. Mientras tanto, los datos del Ministerio de Trabajo sobre la campaña de Navidad de 2025 aseguran que se generarán alrededor de 452.950 contratos nuevos en España, un 4,7% más que el año anterior, de los cuales 119.000 aproximadamente pertenecen al sector del comercio.
En estas fechas, mientras las grandes superficies aumentan la contratación, los pequeños negocios se ven ahogados por las continuas campañas de rebajas, que les obligan a reducir sus precios hasta quedarse prácticamente sin margen de beneficio.
La realidad detrás del goteo incesante de bajas en el pequeño comercio
Las contrataciones masivas que realizan las grandes superficies cada diciembre son la clara evidencia del aumento de compras que se prevén en estas fechas señaladas, donde hay regalos y compras de manera generalizada. Y, por otra parte, son reflejo de un aumento de la facturación, que se repite cada año.
De hecho, muchos análisis del sector, como los que publica el Ministerio de Consumo cada año, coinciden en que la facturación de las cadenas en diciembre puede superar en un 30 o 40% su media mensual anual, gracias al volumen de ventas, la rotación de stock y la escala de operaciones. Y es esa subida la que les da una importante ventaja estructural: logran diluir costes, mantener márgenes y ofrecer descuentos agresivos, mientras los comercios pequeños ven reducida su rentabilidad y su tolerancia al riesgo.
Esta diferencia no responde únicamente al tamaño de cada modelo de negocio. En concreto, desde la Confederación Española de Comercio se ha venido alertando de que la brecha competitiva se amplía cada año. Porque las grandes superficies pueden negociar mejores precios, asumir costes energéticos más altos, y adaptar sus estrategias comerciales en función del mercado sin comprometer su viabilidad en el futuro. Para un negocio pequeño, en cambio, cualquier variación en los costes puede ser determinante.

Las rebajas: una espiral que ahoga a los pequeños comercios
Uno de los elementos que más han debilitado al pequeño comercio en los últimos años es la extensión continua de los periodos de rebajas. Lo que antaño comenzaba tras el Día de Reyes se adelanta con el Black Friday, se prolonga con el Cyber Monday y ahora se encadena casi sin interrupción con las promociones previas a la Navidad. Y ese calendario obliga a miles de comercios a entrar en una dinámica de rebajas permanentes que reduce sus márgenes de beneficio hasta niveles insostenibles.
Así, los comerciantes denuncian que cada vez es más difícil competir con la capacidad de las grandes cadenas para lanzar ofertas durante meses. Muchos acaban vendiendo por debajo del coste para no perder clientes o para deshacerse de stock, comprometiendo sus resultados de todo el año al completo.
La CEC ha advertido en varias ocasiones de que este modelo de descuentos continuos distorsiona gravemente el mercado. Porque no solo altera los hábitos de consumo —generando la expectativa de rebajas constantes—, sino que provoca que buena parte del beneficio que antes llegaba en Navidad se diluya en campañas adelantadas que no benefician a los minoristas.
De hecho, desde la Confederación insisten en la necesidad de defender la rentabilidad de todos los negocios, con una regulación que garantice que los comercios puedan vender con esos márgenes justos, pero solamente durante un tiempo limitado.
En Madrid, más de 7.000 comercios de barrio han cerrado en el último año
La situación del comercio local en Madrid ofrece un ejemplo nítido de esta tendencia. Según datos recientes difundidos por la Confederación de Comercio Especializado de Madrid (COCEM), en la capital han cerrado 7.084 comercios de barrio en el último año.
Los motivos señalados por COCEM reflejan, una vez más, la combinación de factores que están empujando al pequeño comercio al límite: carga burocrática excesiva, presión fiscal elevada, costes energéticos crecientes, competencia directa con grandes superficies y plataformas digitales, y, como resultado, márgenes cada vez más reducidos.
Y la desaparición de estos negocios no es sólo un problema económico. Supone un deterioro del tejido urbano, una pérdida de calidad de vida en los barrios y un empobrecimiento de la diversidad comercial. Negocios que antes daban servicio a familias, a personas mayores y a vecindarios con tradición desaparecen. Y con ello dan paso a locales vacíos o a grandes cadenas que desplazan a la competencia local.
En este escenario, miles de pequeños comerciantes se enfrentan a decisiones que hace años eran impensables: reducir la plantilla, limitar horarios o incluso bajar la persiana tras generaciones de actividad.
Y la comparativa es, definitivamente, difícil de analizar: mientras las grandes corporaciones se preparan para captar un gran volumen de ventas mediante refuerzos de personal, el comercio de proximidad retrocede y reduce su tejido económico justo en el periodo en el que históricamente debía recuperarse.
Aun así, es importante recordar que el incremento de empleo en estas fechas no supone necesariamente una mejora estructural del sector. Buena parte de ese volumen corresponde a empleos temporales vinculados al Black Friday, las semanas previas a Navidad y la recta final de rebajas. De hecho, desde el Instituto Nacional de Estadística apuntan a que hasta el 80% de los contratos generados por las grandes superficies durante este ciclo son temporales, lo que refuerza un patrón que se repite: auge de empleo estacional y caída posterior cuando la campaña concluye.





