El malestar en el sector cultural español por el uso de la inteligencia artificial generativa (IAG) no deja de crecer. Escritores, fotógrafos, ilustradores o guionistas, entre otros gremios de autónomos creadores de contenido, denuncian que sus obras están siendo utilizadas para entrenar algoritmos sin su conocimiento, ni autorización.
En una práctica que consideran una vulneración flagrante de los derechos de autor. La protesta ha cristalizado en un frente común que exige medidas legales urgentes y que, en el caso de los escritores, se ha plasmado en un documento de referencia: el Libro Blanco del Escrito: escribir y traducir en tiempos de IAG.
Se está entrenando a la IA con las obras de los autónomos y sin pagar derechos
“Lo que está ocurriendo es que se está alimentando a las máquinas con miles de obras sin pedir permiso, ni pagar por ello. Es como si un editor pirateara una biblioteca entera para sacar beneficio”, denunció a este diario Manuel Rico, presidente de la Asociación Colegial de Escritores de España.
El libro blanco, explicó, es “una hoja de ruta para que el legislador entienda la magnitud del problema” y adopte medidas que protejan a las personas creadoras frente a empresas tecnológicas que, “bajo la excusa del progreso, utilizan material protegido como combustible gratuito para sus modelos”.
El diagnóstico es compartido por otros colectivos, como el de los fotógrafos profesionales. “Nos hemos encontrado imágenes de nuestros asociados en bases de datos que luego acaban entrenando estas IA”, afirmó a AyE Pascual Benavides, portavoz de la Asociación de Fotógrafos Profesionales. Para él, la situación es comparable a un expolio: “Cada vez que una IA genera una imagen imitando el estilo de un fotógrafo, está erosionando su mercado y devaluando su trabajo”.
La polémica no se limita a escritores y fotógrafos. Los ilustradores han detectado que sus obras también aparecen en datasets de entrenamiento, fácilmente identificables por su estilo característico. Mientras que los guionistas alertan además de que herramientas de IA son ya capaces de imitar su escritura para generar diálogos o tramas sin que medie un contrato ni una retribución.
Los autónomos piden una Ley que obligue a las tecnológicas a obtener licencias y pagar
En todos los casos, el patrón es el mismo: las obras se extraen de internet, se incorporan a conjuntos masivos de datos y se procesan para que los modelos aprendan a replicar su estilo o su contenido.
Para Rico, el problema es doble: “No solo nos roban el trabajo, sino que después presentan productos que compiten directamente con nosotros”. Benavides coincide y añade que, a largo plazo, esto puede provocar un daño estructural al sector cultural: “Si los clientes dejan de contratar a fotógrafos, porque puede pedirle a una IA que imite a Annie Leibovitz por cuatro euros, muchos profesionales no podrán seguir trabajando”.

La cuestión legal es especialmente espinosa. El marco actual de la UE protege los derechos de autor. Pero las lagunas en la regulación de la IA permiten que las empresas aleguen que actúan bajo el principio de uso legítimo o excepciones similares.
Tanto la Asociación Colegial de Escritores de España como la Asociación de Fotógrafos Profesionales reclaman que nuestro país impulse una regulación clara que obligue a las tecnológicas a obtener licencias y pagar por el uso de contenido protegido. “Es el mismo principio que rige cuando una emisora de radio pone música: paga a la SGAE. Aquí debería ser igual”, sostiene Rico.
Un problema global que afecta a los creadores de todo el mundo
En Estados Unidos, varios autores, entre ellos George R.R. Martin y John Grisham, han demandado a OpenAI por el uso de sus obras sin permiso. En Reino Unido, la Sociedad de Autores ha pedido una moratoria en el entrenamiento de IA con contenido protegido hasta que haya un sistema de licencias. “Porque no es un problema local, sino global”, recordó Benavides.
En España, las asociaciones implicadas están empezando a coordinarse para actuar de forma conjunta. Una de las propuestas más repetidas es la creación de un registro específico de obras utilizadas por IA, que permita a sus autores reclamar compensaciones.
Otra propuesta es establecer una figura similar a las entidades de gestión colectiva, que negocie de forma unificada con las tecnológicas. “Si vamos cada uno por nuestro lado, nos comerán. Pero si actuamos juntos, podemos tener fuerza para exigir”, afirmó Rico.

La preocupación no es sólo económica, sino también ética. Los creativos temen que las IA generativas acaben inundando el mercado con obras derivadas que diluyan la autoría y confundan al público. “Cuando un cliente ve una imagen con mi estilo, no sabe si la he hecho yo o una máquina”, lamentó Benavides.
En el caso de los guionistas, la inquietud es que sus voces y su creatividad se diluyan en un mar de textos sintéticos que imiten su trabajo.
El libro blanco de los escritores no es teórico: incluye propuestas concretas
La Asociación Colegial de Escritoras y Escritores insiste en que el Libro Blanco no es un documento meramente reivindicativo, sino que incluye propuestas concretas: desde cambios en la Ley de Propiedad Intelectual hasta la creación de un observatorio independiente que vigile el uso de contenido protegido en el entrenamiento de IA. “Queremos sentarnos con los legisladores, con el Ministerio de Cultura y con las autoridades europeas para que esto se regule de forma justa”, explicó Rico.
Benavides apunta que la educación del público también será clave: “La gente tiene que entender que cuando paga por un trabajo original está sosteniendo un oficio y una cultura. Si todo se hace con IA, perdemos autenticidad”. En su opinión, la transparencia debe ser obligatoria: “Si una imagen está hecha por IA, que lo diga claramente. Y si ha usado el trabajo de un fotógrafo para aprender, que ese fotógrafo cobre”.
Los ilustradores han empezado a desarrollar herramientas para rastrear el uso de sus obras en datasets de IA, mientras que algunos guionistas exploran contratos que prohíban explícitamente el uso de sus textos para entrenar modelos. Sin embargo, todos coinciden en que las soluciones individuales no bastan: la respuesta debe ser colectiva y respaldada por la ley.
El reto para las asociaciones es conseguir que el debate sobre la IA generativa no se quede en los círculos culturales, sino que llegue a la agenda política. “Si no lo hacemos ahora, dentro de cinco años puede ser demasiado tarde”, advirtió Rico. A lo que Benavides añadió: “Esto no va de estar contra la tecnología, va de que la tecnología respete nuestro trabajo”.





