- Tener beneficios no garantiza disponer de dinero suficiente para mantener la actividad
- Los retrasos en los cobros y el coste de la deuda pueden deteriorar la caja aunque el negocio sea rentable
- La capacidad para reaccionar ante un imprevisto depende cada vez más de la liquidez disponible
Las pymes pueden cerrar el ejercicio con beneficios y, aun así, encontrarse con dificultades para pagar facturas, financiar inversiones o afrontar un imprevisto si su liquidez se deteriora. ERA Group advirtió a este diario de que esta situación se está haciendo más visible en 2026. No en vano, recuerda que los gastos financieros de las empresas españolas han aumentado un 6,4% y disponer de caja se ha convertido en un factor cada vez más decisivo.
El problema es que indicadores habituales, como el EBITDA [beneficio antes de descontar intereses, impuestos, depreciaciones y amortizaciones] pueden mostrar una actividad rentable sin reflejar cuánto dinero tiene realmente disponible el negocio, ni qué parte de sus recursos está comprometida por la deuda, los proveedores o las inversiones pendientes.
Y ya se sabe que esta diferencia puede traducirse, para autónomos y pequeñas empresas, en tensiones de tesorería; incluso cuando las ventas y el resultado operativo evolucionan de forma razonable.
La presión financiera aparece, además, en otros indicadores empresariales: según los datos recogidos por esta consultoría especializada en optimización de costes y gestión de proveedores, los concursos de acreedores descendieron un 5% durante el último año, pero las disoluciones aumentaron un 12%. Por lo que considera que esta evolución refleja las dificultades de algunos negocios para sostener su actividad cuando suben los costes, se encarece la financiación o los cobros llegan más tarde.
Tener beneficios no garantiza disponer de dinero suficiente para mantener la actividad
El EBITDA sigue siendo una referencia para conocer la rentabilidad operativa de una empresa, pero deja fuera elementos determinantes para una pyme. Entre ellos figuran la liquidez disponible, el coste de la deuda, las necesidades de inversión, la dependencia de determinados proveedores y la capacidad para reaccionar ante una subida inesperada de los gastos.
“Puedes presentar buenos resultados operativos y, al mismo tiempo, tener dificultades para financiar inversiones, asumir incrementos de costes o mantener la competitividad”, explicó Carlos Franco, senior partner de ERA Group. A su juicio, la liquidez “se ha convertido en un activo estratégico”, porque permite al negocio “conservar margen de maniobra cuando cambian las condiciones”.
Esta diferencia entre beneficio y caja se aprecia con claridad cuando los clientes retrasan sus pagos, una empresa tiene que adelantar impuestos o nóminas o necesita renovar maquinaria mientras sigue esperando ingresos ya facturados. También puede agravarse cuando una parte creciente del margen termina absorbida por intereses, energía, suministros o contratos encarecidos.
Los retrasos en los cobros y el coste de la deuda pueden deteriorar la caja aunque el negocio sea rentable
ERA Group sostiene que las empresas que mejor resisten estas situaciones son las que conocen con detalle su estructura de costes y revisan de forma continua sus contratos, compras y compromisos financieros. Para una pequeña empresa, esa vigilancia permite detectar antes si determinados gastos crecen por encima de los ingresos o si el negocio depende demasiado de uno o varios proveedores.

La liquidez también condiciona la capacidad para crecer, porque una empresa puede tener pedidos o demanda y no disponer de recursos suficientes para financiar existencias, contratar personal o acometer una inversión necesaria. En estos casos, el problema no está necesariamente en la rentabilidad, sino en el desfase entre cuándo se generan los ingresos y cuándo entra realmente el dinero.
Esta consultoría plantea una prueba sencilla para medir esa resistencia: analizar qué ocurriría si los costes energéticos aumentaran un 20%, se retrasaran los pagos de los clientes o desapareciera uno de los principales proveedores. Ese ejercicio permite comprobar hasta qué punto una pyme podría mantener sus pagos corrientes sin recurrir de inmediato a nueva financiación.
La capacidad para reaccionar ante un imprevisto depende cada vez más de la liquidez disponible
El control de la caja exige mirar más allá de la cuenta de resultados y seguir también los plazos de cobro y pago, la deuda pendiente y las obligaciones que vencerán en los meses siguientes.
Un negocio puede vender más y mejorar su beneficio mientras su posición financiera empeora si necesita adelantar cada vez más dinero para sostener esa actividad.
“Las pymes ya no solo compiten por vender más. Compiten por mantener su capacidad de reacción cuando aumentan los costes energéticos, se retrasan los cobros, cambian las condiciones de financiación o se producen tensiones en la cadena de suministro”, señaló Franco.
Para las pequeñas y medianas empresas, esa capacidad depende en buena medida de cuánto efectivo conservan disponible después de atender sus compromisos inmediatos.





