En Villanueva de Alcorón no hay gasolinera, el supermercado abre cuando puede y los pocos niños que acuden a la escuela se van de vacaciones todos los veranos sin saber si el centro seguirá abierto el curso siguiente por la falta de alumnos. El secretario del ayuntamiento aparece, si hay suerte, una vez por semana ya que cubre varias poblaciones. En este rincón de la Guadalajara profunda, donde viven 148 personas –o mejor dicho, resisten–, lo que sobra es silencio administrativo y lo que falta es casi todo lo demás. Pero hay algo que aún sobrevive en este país ahogado por la burocracia: emprendedores. O héroes, según se mire. Beatriz Anta y Ángel Ortiz son dos de ellos.
Ella es diseñadora gráfica, él un enamorado de los motores. Ambos madrileños de jornada laboral, pero adoptados por ese Alto Tajo donde el Estado hace tiempo que arrojó la toalla. Vieron en una estación de servicio abandonada desde hace veinte años una posibilidad en lugar de unas ruinas olvidadas. Así nació Green Oil, un proyecto que es toda una declaración de intenciones contra la despoblación y contra esa resignación que algunos quieren vender como inevitabilidad.
No tardaron en crear una sociedad y ponerse manos a la obra. No han perdido el tiempo y tampoco la paciencia, compatibilizando este proyecto con sus trabajos actuales y muchas idas y venidas. Ambos aseguraron complementarse, ella con un espíritu más emprendedor; él más racional y gestor.
GreenOil, una una idea que nació en un bar
La historia arranca poco más de un año atrás con un vino, como tantas cosas buenas en la vida. En una de sus escapadas a Villanueva, mientras brindaban en el bar del pueblo, entraron varias personas preguntando por una gasolinera. Algunas de ellas se habían quedado tiradas. Y ahí, entre risas y copas, surgió la idea: ¿y si reabrimos la antigua estación de servicio? ¿Y si el negocio que nadie ve es precisamente el que todos necesitan?
La idea tenía lógica: la gasolinera más cercana está a unos 30 kilómetros y aunque la ruta es comarcal pasan bastantes coches. Pero también tenía corazón. La familia de Ángel es natural de Villanueva de Alcorón y él lleva veraneando allí toda su vida por lo que conoce la comarca como la palma de su mano. Con ese conocimiento y un cuaderno, se puso a contar coches. Nada de consultoras ni powerpoints. Método empírico: contar vehículos. Los números salen, cree que puede ser rentable aunque “no es para hacernos millonarios”, explicaron. No quieren eso. Quieren que el pueblo no muera.

La burocracia y las dificultades de financiación no les han frenado
Lo que vino después no fue una autopista, sino un camino tortuoso. Para abrir una gasolinera en la España vaciada uno no necesita sólo ilusión, necesita también una paciencia infinita. Permisos que afectan a diferentes administraciones y niveles: carreteras, industria, medio ambiente, urbanismo… Y una licencia de obra que tardó más de un año en llegar. ¿La razón? Sencilla: el secretario municipal acude a Villanueva un día a la semana. Y así, cada trámite puede eternizarse.
Cuando por fin pudieron mover tierra, se toparon con otro escollo: no hay constructores. O están ocupados o hay que traerlos de Madrid, lo que dispara los costes. La logística es kafkiana, pero ellos insisten. Porque el emprendimiento, en estos territorios postergados por la planificación centralizada en las grandes ciudades, es una proeza.
Una travesía en la que no están solos pues se han dejado aconsejar allí donde no llegaban sus conocimientos. Un ingeniero de Cuenca con experiencia en el sector de las gasolineras se ha convertido en su brújula técnica. Y las ayudas públicas –cuando funcionan, que no es siempre– les han dado el oxígeno suficiente para tirar adelante. Castilla-La Mancha ha respondido con cierta agilidad y los fondos europeos, aunque exigen gastarlos antes de cobrarlos, han permitido abordar una empresa que, por sí solos, no habrían logrado. Con todo han tenido que peregrinar por quince oficinas bancarias hasta conseguir un préstamo con aval público. Quince. En un país donde sobran normativas y faltan soluciones, montar una gasolinera parece más difícil que construir un satélite.
Más que una gasolinera, un proyecto de vida
Pero Green Oil no es un simple surtidor. Es un proyecto de vida. Beatriz y Ángel planean mudarse al pueblo y ya han encontrado una casa en Villanueva, pese a que muchas están en ruinas o cerradas buena parte del año. Quieren integrarse, no invadir. “No venimos de fuera de repente, queremos ser uno más”, explicó Beatriz, que ya se ha empadronado en el municipio. Ángel, cuya familia es de allí, lo resumió explicando que «están deseando que abramos más que yo mismo”.
Y no se conforman con poner en marcha una gasolinera más, de esas abanderadas que no se diferencian unas de otras. Planean instalar cargadores eléctricos, máquinas de vending para dar servicio las 24 horas, buzones de paquetería y una zona para autocaravanas. Ángel incluso sueña con impartir talleres de mecánica básica. Todo se andará, a medida que vayan consiguiendo beneficios y puedan reinvertirlos. Porque si algo tienen claro es que esto no es una gasolinera de ciudad. Es una estación de servicio rural, en el más amplio sentido del término. Un lugar para repostar combustible… y hacer comunidad.
Beatriz y Ángel no buscan subvenciones eternas sino abrir un negocio que, con el tiempo, se convertirá en proyecto de vida. Green Oil es un pequeño milagro en medio de una España que se vacía al mismo ritmo al que aumentan las regulaciones y suben los impuestos. Un ejemplo de cómo el emprendimiento y el compromiso local pueden rescatar del abandono una infraestructura vital para una comunidad rural. Porque si algo demuestra esta historia es que lo que frena a los pueblos no es la falta de recursos, sino el exceso de obstáculos.
En un país donde el 80% del territorio se vacía, una idea como la que tuvieron Beatriz y Ángel puede ser suficiente para abrir un negocio y reactivar toda una comarca. Y si alguien duda de si es posible ganarle una batalla a la nada, que pase por Villanueva de Alcorón a finales de este verano. Allí, junto al parque natural del Alto Tajo, habrá una gasolinera en la que podrán repostar recordando, como nos dijo esta pareja de emprendedores que “donde parecía no haber nada, aún se puede construir un futuro”.





